El Talón de Hierro

Franceschi en las redes


por Alberto Franceschi  
viernes, 26 septiembre 2003

No despegué los ojos del libro hasta terminarlo, tenía yo 21 años y era socialista. Lo habían recomendado Lenin y Trotski a los jóvenes de la naciente Unión Soviética. El autor Jack London, de Oakland, San Francisco Bay Area, donde una calle y una plaza llevan su nombre, era considerado el mejor novelista norteamericano de principios del siglo XX. Era también socialista. El libro se llama EL TALON DE HIERRO. Lo perdí, prestado a algún amigo y siempre recuerdo el impacto que me produjo, no lo volví a tener, pero lo recuerdo como si lo hubiera leído ayer. Era sencillamente impresionante como presagiaba el advenimiento histórico de un régimen de fuerza en USA, de estilo fascista, 20 años antes de que se consolidara en Italia y 30 antes que comenzara en Alemania. Como sabemos nunca hubo fascismo en la sólida democracia de USA, aunque si coletazos reaccionarios de alta monta, como la oleada del Macartismo, anticomunista y paranoico de 1952 a 1956, que los yanquis recuerdan con cierta vergüenza. Nunca sobrevino la pesadilla que Jack London imaginó para su país. Sólo se dieron reiteradas manifestaciones particularizadas de racismo y de sectas locoides que lo preconizan sin el menor chance de impactar más allá de unos miles. Narra London, de forma casi autobiográfica, como un joven líder socialista frecuentaba los clubes de discusión política y literaria, que existían en esos años y que eran numerosos y muy activos.

El protagonista del relato dibujaba ante sus boquiabiertos oyentes piezas oratorias de una belleza inigualable. La burguesía culta le oía con un interés casi morboso, querían desentrañar de alguna forma los enigmas de su futuro, la mayoría eran presas de pánico, mientras algunos otros sucumbían a la seducción por lo justiciero de aquéllos discursos. A la efervescencia social, que servía de telón de fondo a aquéllos apasionados debates, se añadía una creciente parálisis de voluntad por parte del Estado y de los capitalistas y empresarios. El legendario orador seguía cosechando fervor, admiración y era, sobre todo, cada vez más temido. Y así siguió por meses, hasta que un día, en medio de un debate, donde ya el orador del desparpajo revolucionario se permitía degustar como otro triunfo, se encontró súbitamente frente a un hombre de recio talante que pidió la palabra y con erudición y una solidez mineral le desmontó cada uno de sus argumentos. Lo importante, sin embargo, fue lo que siguió. El contrarrevolucionario cerró su discurso con tono de obstinado decreto amenazante: ustedes serán aplastados, dijo. Toda esa demagogia será barrida o enterrada, o ustedes abandonan las calles y las huelgas o serán triturados. Los que se alcen serán eliminados. La policía y legiones de ciudadanos armados, al terminar mis palabras, comenzarán a sacarlos de todas las madrigueras y cerrarán sus sedes y sus locales sindicales. El ejército ocupará las ciudades y comenzará un nuevo orden de implacable persecución para quienes sigan agitando. Me importa un bledo lo que usted piense sobre la legalidad o no de lo que emprenderemos, pero se acabó. Ustedes nos llevaron a este camino sin retroceso. O prevalecen ustedes o prevalecemos nosotros y hemos resuelto ser victimarios para evitar ser vuestras víctimas. Y así comenzó la más terrible de las persecuciones pero aparejadas con las más inteligentes y audaces medidas. Si había, por ejemplo, una huelga de electricistas que pedían 100 dólares de aumento mensual, se les concedían mil dólares, pero liquidaban físicamente a los dirigentes.

Todos los oficios y profesiones, estrictamente útiles y productivas, recibían remuneraciones y aumentos impresionantes y se constituían como casta y pasaban a vivir en barrios recién construidos a todo confort. Estas ciudades de castas de policías, de plomeros, albañiles, arquitectos, ingenieros etc. Eran rodeadas de murallas gigantescas que dividían entonces, en dos, los conglomerados humanos.

De un lado los privilegiados en todas sus variantes, desde los magnates hasta los de oficios necesarios, y tras las murallas “el pueblo del abismo”. Allí reinaba el terror, las enfermedades, la hambruna. Las matanzas frecuentes que realizaban los militares, ayudados por los incendios generalizados que provocaban, mantenían hundidos en la más obscura desesperanza a ese Pueblo del Abismo. Los trenes cargados de cadáveres los llevaban lejos, hacia los campos para ser tirados en montones donde podrían. Tras dos siglos de lucha tenaz, el Pueblo del Abismo montó una red de conspiración clandestina de tal magnitud, para insurreccionarse periódicamente, lo que finalmente les permite vencer. Gana la humanidad y London liberó así su conciencia pesimista, al escribir como incluso un horror social como ese puede derrotarse aunque cueste lo inenarrable. Las imágenes de London, sin embargo, a pesar de lo conmovedoras e insólitas las vimos en las montañas de cadáveres de gaseados y abaleados en la Gran Guerra del 14-18 en Verdun – Francia- que originaron muchas colinas de osamentas que aún pueden apreciarse.

Las imágenes del holocausto Hitleriano dejaron incluso corta la fantasía de pavor del novelista. Los trenes de judíos más muertos que vivos, llevados a los hornos crematorios, se asemejan a los del Pueblo del Abismo, sólo que imaginados cuarenta años antes. Por conocer las dimensiones cósmicas de lo trágico y sórdido del fascismo, a partir de un estudio cuidadoso de sus imborrables tramas de deshumanización y salvajismo sin límites, es por lo que me indigna oír la manipulación de incultos políticos llevando al extremo del ridículo sus razonamientos y llamar fascismo a los mini-escarceos policiales y de vecinos indignados que el 12 de abril del 2002 despeinaron a Tarek William en El Hatillo o le dieron unos chicotes al siniestro sapo Rodríguez Chacin, saliendo de su concha en Chacaito. Por sobre todo, y es como para arrancarnos una mueca de resignación, presenciamos la infamia de montar, a partir de esas insignificancias, la desproporcionada y estúpida campaña de año y medio sobre la falacia que quienes nos oponemos a este orate gobernante seríamos fascistas. Es sencillamente una muestra más de la supina ignorancia de los mostrencos que gobiernan. Pero como la historia si vivió parte de lo imaginado por London y otras terribles realidades, en múltiples escenarios, donde se enfrentaron la revolución y la contrarrevolución, seguramente los chavistas, y Chávez en particular, andan curándose en salud para intentar detener el cipotazo que se les viene encima, por querer burlarse del país, imponiéndonos un sobregiro macabro de su cagada de gobierno. España pagó con un millón de muertos su guerra civil entre 1936-39 y luego aprovechando el silencio que provocaba sobre ellos el gran ruido de la Segunda Guerra Mundial, el fascista Franco mandó a fusilar hasta cien mil o doscientos mil más. Nunca se sabrá. La tragedia Argentina tiene aún la herida abierta de treinta mil desaparecidos. En Colombia mueren anualmente miles y miles. Chile pagó con tres mil muertos un régimen militar de 17 años. La necedad de Allende de querer implantar un régimen social que no querían la mayoría de los chilenos, llevó al desastre. Y al propio tiempo felizmente a la milagrosa reconstrucción de Chile como la nación socialmente más avanzada de Latinoamérica. A Allende quizá lo empavó Castro que se mudó para allá, un mes entero, como agitador profesional. Ricardo Lagos el actual Presidente socialista chileno, del mismo partido de Allende, aprendió, porque ni siquiera aceptó la visita del atronao nuestro, que ya andaba en planes de pájaro de mal agüero, queriéndose instalar en Santiago varios días, para conmemorar los treinta años de la caída de Allende. La fantasía aterradora de Jack London quizá no nos pase ni siquiera lejos como los cometas. Pero el hecho indudable es que el bocazas Chávez se empecina en sabotear el derecho al Referéndum y en tratar de usurpar ventajismos insolentes en el Tribunal Supremo. La ley, esa sí fascista, que pretende imponerse desde la minoría escuálida en la Asamblea Nacional para destruir lo que queda de independencia del Poder Judicial, seguramente ya generaron un sin número de contradictores definitivos, vehementes y decididos contra el discurso y el desgobierno del Silbón. Lo que vuelve a estar en el tapete es precisamente la inminencia de una nueva confrontación, y ya hay al parecer quienes asuman el papel de antítesis del vago de Sabaneta. El matracazo que pueden darle al locario, si no coge mínimo de una buena vez por todas, no será un golpe fascista.

Será un pronunciamiento nacional que querrá devolvernos la democracia política ya tan manoseada y semi-destruida por la casta de malandros enriquecidos guiados por este petardista iletrado. El pronunciamiento será apoyado por todos los PAECISTAS, que somos casi todo el país. Porque esta nación fue liberada por Bolívar y Páez, pero nuestro Estado Republicano venezolano fue fundado por Páez. Y el padre de esta Venezuela es el Bolívar de todos y no el devaluado por Chávez. La República se llamará de nuevo DE VENEZUELA para volver a respetar a Bolívar y disociarlo para siempre de los ladrones y pichones de déspotas que quisieron esclavizarnos en su nombre. Aquí no vendrá ninguna variante de Talón de Hierro, pero si se les ocurre querer llevarnos a una dictadura de legalidad espuria, como la que quieren diseñar con un Tribunal Supremo partidizado, entonces que se agarren de la brocha porque nos llevamos la escalera.

 

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